Almejas bobas de El Carambolo

El gorrión salta de la silla vacía al plato sobre la mesa. No le bastan las migas que arrojo en tandas. Regresa al respaldo de la silla y pía a la vez que me mira a los ojos. En esta ciudad, en este país, los gorriones están en declive. Pesan cada vez menos. No puedo saber hasta qué punto quedarán satisfechos él y sus colegas. Por suerte me queda una pequeña rebanada de pan que compartirles, sobrante de la tapa de anchoas con queso azul. Leyendo sobre su extinción he descubierto que hay otras aves rurales que se parecen a los gorriones: la cogujada montesina, sin el penacho, o la totovía, por ejemplo. No son aves pero a dos cuadras panteoneras, si caminas de noche por el parque, en el paseo junto al edificio de ladrillo de estilo regionalista que fue sede de estudios meteorológicos, descienden hasta pocos metros de ti murciélagos, los de mayor tamaño en el continente. Asediados por una especie invasora que destruyen sus nidos, un grupo animalistas organizados detuvieron los intentos del ayuntamiento por exterminarlas. Ahora se ha reanudado la protección de los murciélagos.

De nuevo el cerro frente a la ciudad, donde pudo haber un emporio y templo cuando el río desembocaba en un gran lago, y eran bancos de arena lo que ahora es el centro histórico monumental, no muy tarde, siete o seis siglos antes de Cristo. En el yacimiento se acumulan las aguas negras, según las noticias. He visto en las veces que lo recorrí: unos jóvenes con aspecto de okupas, italianos, corriendo y saltando, grabando un vídeo; un anciano haciendo reclamos con la mano a una perdiz (¿o era codorniz?) que tenía atada con una cuerda a la pata; otro que mientras paseaba con su perro recogía fragmentos de cerámica y los apilaba en montoncitos. “Para cuando vuelvan a trabajar aquí”. Restos de fotografías quemadas con ropa interior y veladoras apagadas, de manera ocasional. No entrábamos las veces que había en la mañana carros con la música a todo volumen. Dicen que ahora trafican costo. Puede que cocaína, de paso. Hay quienes aparcan las motocicletas y dejan que los perros de presa, grandes, husmeen en el entorno.

Cuesta abajo se encuentra la intersección de tres vías: Norte, Sur Oeste, y el acceso a la ciudad. El vecino que en el regreso nocturno de una ruta por un pueblo me explica que cerca de esa interacción fueron fusilados un número de mineros al estallar la Guerra Civil española, de cincuenta a cien, al menos, enterrados en fosas comunes en alguna parte tal vez a las faldas del cerro. Más motivo para no tocar nada, dice. No sabes con que te vas a encontrar, ni quien fue responsable de qué. Vecinos y asociaciones han reforestado varias veces partes de sus laderas. Arden una y otra vez. No se descarta que se derrumbe en parte.

Los muros de tierra, los perfiles de las excavaciones, si se han venido abajo. Matas, alguna que otra botella de alcohol rota, escombros de obra más allá. Olor a plástico quemado. Hubo un santuario dedicado a la diosa Astarté. Encontraron hileras ordenadas de almejas boca abajo, en la misma dirección entre otros bivalvos. Glycymeris Glycymeris. Grandes, gruesas, de tonos rosados, marrones claros, apagados hacia el blanco. Nadie diría que tengan más de dos milenios y medio. Los arqueólogos consideran si eran pavimentos o delimitaban el recorrido en lugares sagrados, para lo que siguen proponiendo reconstrucciones de los edificios. Repartidas entre las fosas, rotas, son ahora simples conchas.

A los defensores del patrimonio, quienes documentan y publican su degradación y destrucción que he conocido les llegan de vez en cuando quienes les plantean un dilema ético: encontraron esto y aquello. Algo que hay y que no hay:  lo que está documentado, han manejado coleccionistas y traficantes, y de lo que no se tiene noticia de que pueda existir. La respuesta suele ser que no lo limpies ni quieras mejorar su aspecto. Nada de pegamento, productos de limpieza que tengas por casa ni rascarlo o frotarlo. Déjalo así. Apunta donde lo encontraste. Piensa en donarlo un día a un museo. Hay muchos. Acércate o escríbeles para saber si aceptan materiales. Lleva la pieza, pesada y medida. Pide un documento que atestigüe su recepción. Si tiene un gran valor histórico quien sabe si la expondrán, con una cartela agradeciendo con tu nombre la donación. Y sobre todo, si sales a pasear, no recojas nada que pueda ser patrimonio histórico. Es cómo arrancar hierbas o cortar ramas en un parque.

Puede ser expolio recorrer el cerro, recoger lo que haya en la superficie en un paseo ocasional, sin llegar a excavar o romper la superficie de la tierra. Es un lugar conocido, donde hubo varias excavaciones, el yacimiento no se limita sólo a lo excavado. Las almejas pueden ser, entonces, un problema. Se terminan confundiendo con la grava, la tierra que se desmorona, entre la hierba y arbustos que terminan en cenizas. Pudieron haber sido sagradas, o hallarse en el albor de serlo, al hallarse cerca de lugares de culto. Eres un expoliador con más razón si recoges lo que encuentras, sabiendo su posible origen, al retirar una potencial pieza histórica. Dejarla, en ese estado, no es garantía de que queden a salvo de nuevas invasiones. Y que sean peores, como hacer las carreras de motocross por el yacimiento, destrozándolas, convirtiéndose en basura casi definitiva a las conchas.  En las siguientes excavaciones recuperarán los estudios previos y perfilarán hasta donde se han venido abajo los perfiles del yacimiento. Las almejas tiznadas, trasladadas, entre los restos de fiestas quedan fuera cerca de lo que fue el santuario, sin su amparo.

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(azahar, fresco sobre montones del seco)

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